Estaba nervioso esperando sentado, en la mesa del restaurante en el que habían concertado la cita. Esta vez podría ser la definitiva, ¿por qué no?, se llamaba Esther, y bajo su inexperto punto de vista era perfecta para él, coincidían en muchos gustos e incluso casi en la ideología política.
El restaurante no era lujoso, alrededor de veinte mesas, tres de ellas libres, en el que cenaban parejas, matrimonios y un par de ejecutivos tratando de cerrar un trato, posiblemente. Una barra con dos camareros, bien vestidos, uno de ellos parecía ser balcánico y el otro parecía demasiado joven para trabajar. Además servían las mesas otros tres camareros. Al extremo cerrado de la barra había tres puertas, una para el servicio de señores, otra para el de señoras y por último otra que no especificaba con ningún cartel lo que encerraba. Se sentía violento por el color de las paredes, rojo fuerte, en el que el suelo estaba cubierto por una moqueta negra. Las luces eran casi amarillas, y dentro del local parecía todo demasiado pequeño.
Esta noche quería ser serio, las bromas ya las había hecho, y quería abrir su mente ante ella y mostrarle quien era realmente, lejos del chistoso descerebrado que había conocido. Manoseaba los cubiertos cuando vio que entraba por la puerta. Se acercó, y tras un saludo un tanto incómodo, la besó en las mejillas y en el cambio de lado de la cara una nariz chocó contra otra, se sentaron y buscaron lo que iban a pedir para cenar sin casi hablarse.
Tras un rápido ojeo a la carta, empezó a encontrarse mal, tenía ganas de vomitar. Le dijo a Esther que tendría que ir al servicio, mostrándose aparentemente bien. Se metió en el servicio de caballeros, que estaba vacío, observando la larga cola que había que hacer para ir al servicio de señoras. Comenzó a vomitar y poco a poco se fue sintiendo cada vez mejor. Mientras, fuera, oía como aumentaba el bullicio de voces femeninas, sintió otra vez como se acentuaba el malestar, vomitaba de nuevo mientras las lagrimas le desbordaban la cara. Las pupilas se dilataron y los azulejos de las paredes cambiaron de tal forma que todos y cada uno de ellos tenía un color diferente en el que cada parpadeo cambiaba de mate a brillo. Entonces se fijó en el techo, las paredes se habían hecho infinitas en altura, y el techo no lo podía ver, tan solo veía un punto brillante, para el que las paredes parecían infinitamente triangulares.
Alguien golpeó la puerta, estaba de rodillas en el suelo, agachó la cabeza y escuchó una voz al otro lado de la puerta:
-¡¡¡Pain!!!
Iba de grave a agudo y llego a hacerle daño en los oídos, se agarró con fuerza al lavabo asustado. La voz había cesado, y con ella las voces femeninas, así que se movió en silencio y apoyó la cabeza en la puerta para oír el exterior, un tintineo de copas y varios murmullos. Tiró de la cadena y abrió el grifo del lavabo, se lavó la cara y las manos y giró el pomo.
Mientras caminaba hacia su mesa se ajustó la corbata y la chaqueta, sin fijarse en las miradas de las señoras que aun esperaban, y cuando llegó, se sentó y preguntó con una amplia sonrisa:
-¿Ya as elegido lo que quieres cenar?
Martínez
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